Pena y gloria, pasado del Teatro Toro

 

“El teatro es poesía que sale del libro para hacerse humana”. Federico García Lorca

El teatro está presente en toda sociedad, no fue pretensioso su origen; viene inmiscuido dentro de la identidad humana. Nace como resultado de varios aspectos que en su conjunto coinciden en uno solo, la expresión del ser racional. Su papel social se aborda como medio de difusión de ideas y, a su vez, de entretenimiento. Pero también refleja gran parte de la identidad cultural.

Construido entre 1833 y 1834, es hoy el Teatro Francisco de Paula Toro un monumento de la historia de Campeche. No sólo resguarda la belleza del inmueble; representa un período de inestabilidad política en el país y en el Estado. Quizás esa misma inestabilidad que lo ha acompañado durante más de un siglo.

Alzado durante el gobierno centralista del comandante Francisco de Paula Toro, el recinto fue financiado por una sociedad que en un principio fue constituida por: Juan Estrada, Alejandro Marcín y Escalera, Francisco Clausell, Alejandro Estrada, José Segundo Carvajal, Luis Echazarreta, José Méndez, Joaquín Gutiérrez de Estrada, y Tomás Aznar. A cada uno de ellos se le vendió a mil pesos las acciones en 1833.

Sin embargo, al ser insuficiente el monto recaudado se tuvo que pausar el proyecto y  vender de nueva cuenta acciones, sólo que esta vez por un monto menor, quinientos pesos. Algunos de los accionistas que se sumaron fueron: Don Viente Ormiga, Domingo Trueba, Ignacio de la Maza, Sebastián López de Llergo, Francisco Casasús, Manuel Escoffie, José Felipe Estrada, José Ferrer, José Ruiz Escalante, Miguel Duque de Estrada, Fernando Gutiérrez de Estrada, José María Valle y José B. Rosales.

Los trabajos de construcción se continuaron; pero lamentablemente serían interrumpidos ante el brote de cólera que azotó a la ciudad en el mes de junio, lo cual provocó que un porcentaje de la población cayera enferma y muriera; más de 5,000 decesos se registraron. Se iniciaron medidas de sanidad urgentemente para controlar la enfermedad y los brotes.

Nuestra Señora de las Angustias de Ayamonte

Llevando la consternación a su mayor grado, y como era muy común por la época, las efusivas charlas de los presbíteros, Vicente Méndez y Luciano Zapara, señalaron a la institución – la obra negra del teatro toro – de profana y propusieron arrasar lo construido y levantar en su lugar un templo dedicado al culto de “Nuestra Señora de las Angustias”, como piadosa dedicación para calmar la cólera del cielo.

Por fortuna, la cólera pudo ser controlada y los trabajos de construcción se reanudaron. La junta de accionistas que había sido creada para conseguir el recurso así lo autorizó; para septiembre de 1834 se inauguraría el recinto teatral. Su primer administrador fue Miguel Vadillo, quien muy probablemente se mantuvo en el puesto todo el período en el que Toro se sostuvo en pie en la Península de Yucatán.

El día de la premier se presentaron dos puestas teatrales: “Agamenón vengado” y “La jeringa”; a la función asistieron miembros de la más alta alcurnia social de Campeche. El éxito que se cree tuvo el evento fue bueno, pero no el suficiente como para que se mantuviera activo el teatro.

A tan solo dos años de haberse inaugurado el recinto, llamado “El Coliseo”, atravesaría su primer declive causado por dos razones: la situación política y, lo que a mi parecer aún continúa siendo un problema, los altos costos que implica su mantenimiento.

 A lo largo de la historia del Teatro Toro, han sido aproximadamente cuatro las ocasiones en que ha quedado en el olvido. Las más extensas fueron las dos primeras. La posterior a su construcción, de 30 años de abandono; y la consecuente a la intervención francesa, cuando duro casi 40 años confinado. 

Para su construcción fue necesaria una mesa directiva que apoyó con recursos financieros la majestuosa obra. La necesidad de conseguir el recurso suficiente provocó que se llegara a tener a más de 27 accionistas dentro de la mesa directiva; dando como resultado problemas al interior de la administración del recinto. Tanto porque era problemática la comunicación entre los miembros, como por la inestabilidad social entre los centralistas y federalistas que mermaba todo rubro de la sociedad.

El resultado culminaría en la búsqueda de un sólo director, quien terminaría siendo el propio Francisco de Paula Toro por acuerdo unánime. Él fue quien a su vez colocó al administrador del teatro, cuya función fue la de gestionar y promover los eventos; así como el de velar por las instalaciones.

El último período de administración política de Francisco de Paula Toro fue en 1837, año en que muy seguramente abandona el territorio Campechano. Con ello, y ante la situación política del país, el teatro sería víctima de un traspié que lo dejaría tundido por varios años.

La intervención francesa.

La emperatriz Carlota por Franz Winterhalter.

Pasaron aproximadamente 30 años para que el recinto teatral volviera de nueva cuenta a relucir. El período durante el cual Maximiliano y Carlota permanecieron en suelo mexicano sirvió como trasfondo de la reapertura del teatro.

Bajo la administración de José María Marcín el teatro tuvo un realce que lo hizo brillar, pues fue bajo esta dirección que el teatro es sede de constantes presentaciones.

El año de 1865 significó para el teatro imperial campechano su consolidación, en parte debido a la eficaz labor de su administrador, pues pasó de ser sede de eventos de ilusionismo o acrobacia a poseer verdaderas funciones teatrales.

En el mes de mayo del mismo año se anunció la llegada de una compañía zarzuelista a la ciudad: Annexy – Herrera.

Sus funciones comenzaron en junio y los temas que se abordaron fueron de índole moralistas, conservando el papel de la mujer religiosa; así como también un tanto crítico respecto al gobierno juarista.

A través de las representaciones como las que hizo esta compañía, Campeche conoció nuevos senderos culturales en cuanto a teatro se refiere. Cantantes como Elisa Tommase, Luis Stefani, Guiseppe Hipólito y Giovanni Maffey y óperas como Ernani, El trovador, y La traviata de Giuseppe Verdi muy conocidas ya, y muy gastadas en México; fueron aceptados por la nueva sociedad imperial campechana.

Para 1866 el teatro tuvo actividad cultural constante. Muestra fehaciente de esto son los diarios semioficiales del estado, del mismo año, en los cuales podemos constatar en las notas al final de cada ejemplar, con el nombre del drama y la zarzuela, las obras que se presentaban al mes.

Por desgracia a finales de 1866 e inicios de 1867, tras grandes obras representadas, el ambiente se caracterizó de nuevo por disputas políticas y sociales, aspectos que interrumpirían el desarrollo del teatro en Campeche, causando de nueva cuenta que el teatro se viera afectado.

Esta vez la lucha entre los liberales comandados por Pablo García buscando defender y sacar a conservadores y franceses de la ciudad fue una de las causas de la inestabilidad que tuvo como consecuencias el oscurantismo del recinto. El imperio de Maximiliano llegó a su fin, y entre sus pies se llevó por largo tiempo al Teatro Toro.

Cabe señalar que para la década de los 70’s del S. XIX sería D. Juan Marcín Iturralde quien lo haría llamar “Teatro Toro”, hasta entonces se le conoció como “El Coliseo”. 

Un nuevo siglo.

El siglo XIX finalizó con el recinto teatral abandonado, pasó más de 40 años en plena exclusión. Para 1915 el estado de deterioro en el que se encontraba hizo recibir quejas por parte de vecinos que lo veían como un colosal monstruo, esto ocasionó que los descendientes de la antigua dirección se reunieran para buscar remodelarlo y ponerlo en función.

Desafortunadamente, tras una serie de vicisitudes que resultaron de la carencia de fondos para la reconstrucción, se terminó hipotecando el inmueble al gobierno. Finalmente su reinauguración se realizó el 7 de agosto de 1915 con la proyección de una película. A partir de entonces el teatro funcionó como sala de cine – y de eventos -.

Para 1938, con el auge del cine en México, nace en Campeche una sociedad de nombre: Sociedad Cooperativa de Producción de Trabajadores del Teatro Toro, quien por alrededor de cuatro décadas fue la responsable de la proyección de cintas fílmicas en el recinto. Por esa razón durante este periodo fue conocido el lugar como “Cine Teatro Francisco de Paula Toro”.

Llegada la década de los 60’s, durante el gobierno de Ortiz Avila, el teatro es cedido a la Universidad del Sudeste (hoy día Universidad Autónoma de Campeche). Esto ocurrió como resultado de la hipoteca con la cual el gobierno se hizo del recinto tras los constantes préstamos que emitió a los herederos para poder reactivarlo, y que hasta entonces no lo habían podido saldar.

Para inicios de los años 80’s un problema se avecinaría en torno al recinto. Siendo gobernador Abelardo Carrillo Zavala, surgen los planes de una remodelación del teatro. Esta situación buscaba que la sociedad a la cual se le tenía rentado el lugar saldara las deudas y entregara el coliseo; pero la sociedad inconforme por la falta de apoyo por parte del gobierno, se negaba a hacerlo. Las consecuencias fueron respecto al percance en cuanto a los eventos culturales en el foro teatral.

Como era de esperarse, finalmente el teatro fue adquirido por el gobierno hacia 1989, realizándose la remodelación prevista.

El teatro ha tenido tres reconstrucciones significativas: 1913, 1987, y 2017. Ha sido víctima de incendio en tres ocasiones: 2003, 2008, y 2016. 

A partir de entonces y hasta 2009 el teatro se mantuvo activo medianamente dado a que siguió atravesando momentos de inactividad como lo fue del 2009 al 2016. Inactividad propiamente provocada por la falta tanto del recurso como del interés administrativo.

Para la realización de esta nota se consultaron varias fuentes, en especial los libros “El Teatro Toro durante el Segundo Imperio” de Damian Enrique Can Dzib; “Perspectiva Histórica del Teatro Toro” de Jose Manuel Alcocer Bernés; “Compendio de Historia de Campeche” de Manuel A. Lanz; y “Eslabones de la Historia de Campeche” de Gilberto Lavalle Romero.

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Lic. en Ciencias y Técnicas de la Comunicación. Quisquilloso con las lecturas y escéptico de los títulos. Adicto a la pasta y los viajes.

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